Gil Marín definió la gestión del Barça en el caso Julián Álvarez de “repugnante”. Hacía muchos años que no se usaba una expresión tan, valga la redundancia, repugnante para atacar a un rival deportivo. Seguramente, desde la época de Jesús Gil y Gil. Lo de perder las formas debe ser un pecado familiar. La respuesta del Barça fue de Rafa Yuste, tan educado como siempre: “Han traspasado una línea roja. Me indignan y no las comparto. No lo vamos a permitir”, dijo el mismo día, un 27 de agosto, en el sorteo de la Champions.
Enrique Cerezo and Joan Laporta hug before a board lunch / EFE
Un mes más tarde, solo un mes más tarde, el 29 de septiembre, Joan Laporta explicó en la reunión de la EFC (European Football Clubs) que “Gil Marín y yo hemos limado asperezas y nos hemos abrazado”, provocando cierta indignación mezclada con un puñado de perplejidad entre el socio y aficionado blaugrana. ¿Cómo se puede pasar del insulto al abrazo en un solo mes? “No es personal, son solo negocios”, justificaba Corleone. Que se lo digan a Florentino Pérez, cuya relación con el Barça, más espaciada en el tiempo, dicurrió por un camino inverso. Lo que para muchos aficionados y socios era personal, para Gil Marín y Laporta solo fue ‘business’. Pasa también en la política: hoy te ataco y mañana pactamos. Todo ello ante la atenta mirada de un pueblo que no entiende nada.

Laporta and Messi, in the Ciutat Esportiva Joan Gamper / SPORT
Sin embargo, es necesario y mentalmente sano separar el negocio de lo personal. O, lo que es lo mismo, la institución, en este caso el Barça, de las antipatías que puedan existir con los colchoneros, que ni existen ni han existido nunca más allá de declaraciones altisonantes para contentar al pueblo. Y si esto ocurre tras haber sido insultados con el adjetivo “repugnante”, debería también poder aplicarse entre quien hoy ostenta la presidencia del Futbol Club Barcelona y el mejor futbolista de la historia de la entidad, es decir, entre Joan Laporta y Leo Messi.
Pero aquí todo es personal. Desde que el ‘10’ fue expulsado de su casa, todo adornado de buenas palabras y justificaciones varias, la relación entre Laporta y Messi solo ha hecho que pudrirse de forma bidireccional. Es decir, lo personal se ha impuesto a lo institucional rompiendo cualquier vía con la que sanar la herida que no cicatriza en el barcelonismo. De la misma forma que el Barça, a través de su máximo representante, pasó de la indignación al abrazo con quien le agredió verbalmente, debería también ser capaz, por muchísimas más razones que el ‘business’, de tender puentes con la mayor leyenda que ha vestido su camiseta. Si, como dijo Laporta para justificar la no renovación (estando ya cerrada) de Leo, “ningún jugador está por encima del club”, tampoco las rencillas personales deberían gobernarlo.
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